Entender la complejidad del fenómeno de la Heterogeneidad Estructural de la matriz productiva de la Argentina es fundamental al momento de diseñar las políticas sociales que busquen mejorar la calidad de vida de las personas. Este fenómeno que determina una desigualdad productiva entre los estratos de la economía, tiene gran peso como determinante en la configuración el mercado laboral. Este mercado laboral que se configura altamente desigual en cuanto a calidad del trabajo y las remuneraciones; es a su vez un condicionante de las estructuras de oportunidades y por tanto influye directamente en las condiciones de vida de las personas; en su vulnerabilidad, su inclusión, su capacidad de consumo, su desarrollo como ciudadanos.
En este trabajo se utilizaran aportes de Luis Beccaria, Agustin Salvia, Alejandro Lavopa, Adriana Marshall entre otros, a fin de reconstruir la problemática entorno a la matriz productiva. Buscando aportar una mirada desde las Políticas Sociales, en cuanto a los efectos que este fenómeno genera en la sociedad, voy a analizar la configuración del mercado de trabajo desde el concepto de segregación.
¿Que es la Heterogeneidad Estructural?, introducción al problema.
El concepto de Heterogeneidad Estructural (HE) busca nombrar un particular fenómeno de las economías en desarrollo, o dependientes, sobre todo en América latina, que presentan un desigual desarrollo de sus estratos productivos, encontrando en el interior de la matriz productiva dos sectores muy diferenciados: estratos modernos y de alta productividad frente a estratos tradicionales con una productividad mucho más baja. Estas diferencias en la productividad inciden directamente en las condiciones laborales de los empleados, el tipo de unidad productiva y la calidad de puesto laboral. También es importante sumar el grado de tecnificación y por tanto la relación con el mercado global que posteriormente a 1990 comienza a abrirse a la Argentina.
“Las raíces de dicho concepto pueden rastrearse en los primeros escritos de Raúl Prebisch, quien por los años ‘50 postuló que el tipo particular de desarrollo prevaleciente en América Latina era el resultado del modo en que el progreso técnico se generó y difundió internacionalmente a partir de la revolución industrial. En su concepción, los países en los cuales se originó y tomó mayor impulso el progreso técnico se habrían constituido en los grandes “centros industriales”, en torno a lo cuales se habría conformado una amplia “periferia”, de vinculación parcial y subordinada a los intereses del centro. Dada esta subordinación de intereses, el sistema en su conjunto no estaría orientado a elevar la productividad, ingreso y condiciones de vida en los países periféricos y –por lo tanto– el progreso técnico habría penetrado en dichos países de forma lenta e irregular, configurando así estructuras productivas heterogéneas” (Lavopa: 2008).
A partir de estos trabajo de Prebisch se profundizó en la problemática de la mano de Aníbal Pinto quien bautiza el fenómeno como “Heterogeneidad Estructural” y posteriormente en la década del ‘70 algunos autores pertenecientes al Programa Regional de Empleo para América Latina y el Caribe de la Organización Internacional del Trabajo (PREALC-OIT) comenzaron a estudiar en profundidad la relación existente entre este fenómeno y el modo particular de funcionamiento de los mercados laborales de la región. Encontraron que esta estructura productiva está caracterizada por importantes brechas de productividad y dinamismo entre los sectores productivos que la componen, pudiéndose diferenciar claramente un pequeño grupo de sectores modernos y un gran grupo de sectores rezagados. Esta diferenciación genera “una situación de segmentación en el mercado laboral. Dicha segmentación implica la coexistencia de un pequeño sector conformado por quienes trabajan en los estratos más modernos, que registra alta productividad y elevados niveles de remuneración, y otro sector de mayor dimensión, constituido por los ocupados en los estratos intermedios con correspondientes niveles de ingreso y productividad“ (Lavopa:2008). Esta segmentación del mercado laboral, y a su vez la lógica de una productividad y dinamismo altamente diferenciado genera no solo una reproducción de la estructura desigual sino que profundiza el fenómeno. Por un lado un movimiento que concentra la productividad y el producto en los sectores más modernos, que utilizan menos manos de obra y aumentan su participación en el PIB y como contra-cara aumenta la cantidad de población económicamente activa (PEA) en los estratos tradicionales, menos productivos y con menos participación en el PIB. Esto significa no solo una diferenciación en cuanto a estratos productivos sino directamente una concentración de los mejores ingresos y de mayor volumen de renta en sectores minoritarios de la población, polarizando no solo el mercado laboral sino también la sociedad, reproduciendo la desigualdades sociales.
Esta lógica tan compleja nos presenta frente a la dicotomía que “en la medida en que un proceso de crecimiento tienda a profundizar esta Heterogeneidad Estructural, sus efectos positivos sobre el entramado social se verán fuertemente restringidos, afectando exclusivamente al conjunto acotado de población que puede insertarse en los sectores modernos de la economía” (Ocampo, 2001). Por tanto nos enfrentamos a una dicotomía, una distinción entre crecimiento y desarrollo que nos obliga a repensar la estructura productiva actual. Enfrentarnos a este planteo nos permite entender que “los procesos de desigualdad están asociados a determinantes mucho más estructurales que se relacionan con el modo en que se organiza la producción, distribución e intercambio de bienes y servicios (incluida la mercancía fuerza de trabajo) al interior de una formación social” (Salvia: 2010), es decir, que la desigualdad está más relacionada a determinantes estructurales que a coyunturas macroeconómicas. Como veremos más adelante con datos de los estratos productivos, en los últimos 40 años más allá de algunas modificaciones coyunturales hay una reproducción de esta estructura productiva que genera desigualdad y polarización social. El panorama que se presenta en este trabajo es el de un modelo de desarrollo que no alcanza a incluir a la totalidad de la PEA, un modelo de desarrollo que legitima la desigualdad desde un mercado de trabajo formal, moderno y dinámico que es incapaz de incluir más allá de 20% de la PEA, expulsando los excedentes de mano de obra y que “relega y concentra en la pobreza a sectores de la economía ligada a la informalidad y a las estrategias familiares de auto explotación” (Salvia: 2010); esto se traduce en un grupo mayoritario de la población que participan en apenas el 40% PIB. Esta estructura heterogénea generadora de desigualdad se ve potenciada por la globalización de la economía en donde ahora más que nunca los sectores dinámicos de matriz productiva son aquellos que están en contacto con las nuevas tecnologías, el capital financiero y las industrias y servicios más modernos, disminuyendo las oportunidades de inclusión de los sectores más rezagados, aumentando la brecha de desigualdad. La persistencia en los últimos años de este modelo de desarrollo permite sostener que “la marginalización socio-económica se ha constituido en la Argentina en una matriz estructural del sistema social con baja capacidad de integración a un modelo de desarrollo y a un régimen de plena ciudadanía” (Salvia:2010).
Sin desconocer los avances en mejoras económicas y en las condiciones laborales posteriores al 2003, se evidencia un límite (o una contradicción) en este proceso. Mientras que se muy lejano el límite en el crecimiento económico, nos encontramos rápidamente con límites en los procesos de desarrollo y en la inclusión social. Segun datos aportados en el Seminario de 2014 de Luis Beccaria, en la década del sesenta los estratos productivos en América Latina presentaban los siguientes datos en cuanto a: participación en el PIB, tasa de empleo y la productividad:
Década del 60, Datos para Latinoamérica.
Estrato Moderno: (54%PIB) (13%PEA) ($415 PIB*Ocupado)
Estrato Intermedio: (36%PIB) (40%PEA) ($90 PIB*Ocupado)
Estrato. Tradicional: (10%PIB) (47%PEA) ($21,3 PIB*Ocupado)
Para el año 2007 la estructura productiva de la América Latina presentaba los siguientes indicadores:
Datos para América Latina y Caribe, 2007.
Estratos Productividad Alta: (62%PIB) (12,2%PEA) ($508,2 PIB*Ocupado)
Estratos Productividad Media: (28,5%PIB) (35,8%PEA) ($79,6 PIB*Ocupado)
Estratos Productividad Baja: (9,5%PIB) (52%PEA) ($18,3 PIB*Ocupado)
Las diferencias en los indicadores presentados muestran un proceso de concentración del de la renta del producto (de $415 a $508.2) en cada vez menos proporción de la población (de 13% a 12,2%) producto de un mayor distanciamiento del nivel de participación de los sectores modernos en el Producto Interno Bruto (de 54% a 62%) de los países y en la región. Por otro lado en el otro extremo de la matriz, el sector tradicional presenta una ampliación de su participación en el empleo (de 47% a 52%) pero una pérdida de participación en el PIB (de 10 a 9,5%) como también de renta (de $21,3 a $18,3).
Este mismo fenómeno se presentó en la estructura productiva Argentina. Para analizar esto utilizaré un trabajo de Alejandro Lavopa de 2008, quien toma los datos de 1997 de Argentina para compararlos con los de 2007 encontrando continuidades en los procesos de heterogeneidad estructural. En autor toma como línea base 1997, “dado que, es el año de referencia de la última Matriz Insumo-Producto argentina (MIP97), fuente de indudable valor a la hora de caracterizar la configuración productiva del país” (Lavopa:2008) y siendo un año de profundización de las políticas liberales comenzadas a mediados la década de 1970, siendo una suerte de punto sin retorno a la crisis que se desenvolvió a partir de 1999 hasta el 2001-2002. Entre los años 2002/3 al 2006 se plantea un ciclo de crecimiento y reactivación económica, generando empleo sobre todo en los sectores productivos medio y bajo presentándose como los más activos y dinámicos del ciclo. “La recuperación económica que siguió a la devaluación de la moneda nacional, se habría caracterizado, por consiguiente, por su enorme dinamismo en la generación de ocupaciones. Dicho dinamismo derivaría principalmente del papel jugado por el entramado PyME perteneciente a los estratos de menor modernidad del aparato productivo. La protección cambiaría que otorgó el cambio de precios relativos a los pequeños productores nacionales junto con la recuperación general de la demanda agregada, habrían sido los principales factores detrás de dicho renovado dinamismo. Sin embargo una vez alcanzados los niveles de producción previos a la crisis, la generación de empleos mostró una clara desaceleración” (Lavopa; 2008). Esta recuperación económica fundada en los estratos medio y bajo de la matriz productiva generó no solo un estancamiento a mediados de la década del 2000 sino que la estructura del mercado laboral “no se habría modificado sustancialmente entre 1997 y la actualidad, evidenciando así los graves problemas de empleo aún vigentes. En efecto, en el segundo semestre de 2006, el 46% de los ocupados se empleaban en segmentos de baja calidad –ya sea de carácter asalariado o no asalariado– cuyas remuneraciones eran sensiblemente inferiores a las del promedio de la economía” (Lavopa; 2008).
Esto quiere decir que luego de pasar la crisis de 2001 con un posterior ciclo de crecimiento entre 2002 y 2006 se logró equiparar, en términos absolutos, el nivel de empleo existente en la época previa a la devaluación (2002) a través de los sectores de media y baja rentabilidad. Esto quiere decir que por un lado el crecimiento económico, el aumento de PIB y de la productividad que existió en términos absolutos, tuvo una distribucion muy desigual debido a que la distancia entre estratos aumentó tras los cambios tecnológicos y la mutación del sistema capitalista mundial. Y por otro lado significa que la matriz productiva, y por tanto el mercado de trabajo en argentina, no sufrió una modernización significativa a fin de ampliar la incorporación de mano de obra dentro de los estratos más modernos, productivos y dinámicos, continuando de esta manera con una distribución por mucho inequitativa del producto interno entre la PEA.
Este fenómeno es también percibido por Adriana Marshall, quien en su trabajo de 2014 analiza el peso del recambio tecnológico y la expulsión de mano de obra para explicar el fenómeno de crecimiento económico (mayor productividad) sin desarrollo (ampliación del mercado de trabajo formal). La autora plantea que “aun cuando la producción industrial en 2008 era un 30% superior a la de 1997 y en 2011 un 60% más alta, el empleo industrial en 2008 todavía no habia recuperado el nivel de 1997” (Marshall; 2014). Esta autora extiende un poco su análisis hasta el año 2011 y entiende que entre 2003 y 2011 pueden identificarse dos fases en cuanto a la relación entre empleo y productividad. “En la primera (2004-2007) el empleo crece considerablemente y las elasticidades empleo producto son llamativamente elevadas para el caso argentino, desde una perspectiva histórica. En la segunda (2008-2011), se habría producido un importante avance en el aumento de la productividad, disminuye notablemente la tasa de crecimiento del empleo y descienden las elasticidades empleo producto, naturalmente con diferencias entre las actividades industriales” (Marshall; 2014).
Me gustaría destacar dos conceptos que utiliza Agustín Salvia en su análisis de este fenómeno para Argentina en el período que estamos analizando (Salvia;2010). Por un lado identifica un movimiento de concentración del sector formal moderno, siendo este el que continúa concentrando la mayoría de los recursos monetarios mientras que el informal disminuye su participación relativa. Un movimiento de mayor concentración que aumenta la desigualdad entre sectores haciendo al sector moderno cada vez más productivo relegando al informal a una participación cada vez más chica del producto. Por otro lado, y es un análisis por demás interesante para el diseño de las políticas sociales, en el mismo trabajo el autor encuentra un coeficiente de correlación entre los estratos de producción cada vez más desiguales. Esta correlación revela una asociación entre sectores productivos informales y estratos relegado por un lado y sectores modernos y estratos más favorecidos por el otro. Quiere decir que hay una relación directa entre la desigualdad intra matriz productiva y la desigualdad de la estructura social.
“El sector informal continúa constituyéndose como un mecanismo de supervivencia para los hogares más pobres, de manera tal que operó como “compensador” -aunque de manera limitada- de las desigualdades existentes […] la persistente heterogeneidad de la estructura productiva continuaría explicando una parte importante de los niveles de desigualdad existentes -más allá de que ésta se haya mantenido o disminuido durante la etapa post-reformista” (Salvia; 2010).
b. Una mirada desde las Políticas Sociales.
Tomando los datos y los análisis antes presentados parecería fundamental repensar muchas estrategias de las políticas sociales, como así también muchas conceptualizaciones acerca de la pobreza. Según se desprende del análisis de la Heterogeneidad Estructural en la Argentina en el periodo 1997-2011 encontramos dos fenómenos simultáneos y contradictorios. Por un lado un mayor crecimiento económico, una re incorporación de mano de obra al mercado laboral, una mejora en los niveles de salarios y una disminución del porcentaje de personas bajo la línea de pobreza e indigencia. Pero por otro lado estos avances en materia socio-económica tienen como contracara una mayor desigualdad en la estructura social, mayor inequidad en el reparto del producto interno y un aumento en la segregación de los mercados laborales.
b.1. Segregación del Mercado de Trabajo.
Entendiendo el concepto clásico de Segregación según la Escuela de Chicago (Ver Burgees, 1928 o Park 1926) donde en cuanto más/menos heterogénea sea la conformación de la población del barrio o zona estudiada, se logra un nivel menos/más alto de segregación y en cuanto más homogénea una población/barrio entre sí y más diferente a una población/barrio lindante la segregación es más alta.
Un fenómeno similar puede analizarse en el mercado laboral argentino, en donde hay una segmentación y homogeneización de la mano de obra según estratos productivos. Una correlación entre “Mercado Informal / sectores más pobres” y “Mercado Formal / sectores más avantajados”. Esta segregación a diferencia de la generada por Renta de Suelo (Jaramillo:2009) que se genera por una desigual distribución de suelo urbano y un sobreprecio que este adquiere en base a su ubicación geográfica o los servicios urbanos que la rodean; la segregación del mercado laboral se manifiesta en torno al diferencial de rentabilidad de los estratos productivos. Tanto el suelo urbano como el producto interno son limitados, la inequitativa distribución de oportunidades de acceso al mercado formal de trabajo genera la reproducción de esta lógica de segmentación laboral y debilitamiento de las oportunidades de los sectores más vulnerables. Estos más allá de participar en el mercado laboral y participar en una parte sustancialmente menor del producto, cada vez se distancian más de los sectores más aventajados en la estructura social, aumentando la brecha de desigualdad y motorizando la reproducción de esta lógica de desigualdad. Propongo que hay una relación directa entre segregación residencial y segregación del mercado laboral (aunque esta hipótesis requiere ampliar el trabajo), imposibilitando el acceso a bienes públicos, por tanto a una plena ciudadanía y debilitando las estructuras de oportunidad estos sectores. El lugar de residencia es un factor que dificulta o hacen posible el acceso a mejor educación, servicios sociales, transporte, salud, redes y relaciones, es decir herramientas comunitarias para la inclusión social y por tanto dificulta o hace posible la incorporación de esta población al mercado formal (obteniendo una mayor participación en el producto y una disminuyendo de la brecha de desigualdad).
Por otro lado es necesario plantear la otra cara de este problema, continuando con la relación entre Segregación Residencial y Segregación del Mercado Laboral, el papel del Estado como agente regulador de las esferas de Mercado y de Sociedad/Comunidad. El rol del Estado como regulador del Mercado de trabajo generando políticas de inversión para ampliar el Mercado Formal; para ampliar la participación en los estratos más modernos de una mayor cantidad de PEA. Una política de desarrollo y redistribución más sostenible en el tiempo. Todos los datos arriba expuestos muestran que la intervención estatal en políticas de transferencia condicionada, ampliación de la oferta de educación pública, generación de empleo (de baja rentabilidad), acceso al consumo, subvención de servicios públicos, ampliación de derechos sociales y otros tantos esfuerzos que el Estado realizó en los últimos doce años se ven en riesgo sin un intervención en la Estructura Productiva. La desigualdad socio-económica que caracteriza las sociedades latinoamericanas, y la argentina en particular, tiene raíces en desigualdades más profundas que operan a nivel productivo y del mercado laboral.
Los efectos y consecuencias que la Segregación Residencial tiene “sobre el aislamiento de los pobres urbanos parecen ser lo suficientemente importantes como para que los encargados de las políticas de ordenamiento territorial no dejen librado el proceso a fuerzas del mercado orientadas esencialmente por una lógica inmobiliaria, caso en el cual las desigualdades de ingreso en las ciudades tenderán a fragmentar el espacio urbano en vecindarios que concentrarán clases homogéneas y en el cual, a la vez, la polarización espacial de las clases actuará como un cemento de las desigualdades que impedirá un posterior repliegue hacia situaciones más equitativas” (Kaztman 2001).
“La Heterogeneidad Estructural hace referencia a una desigual concentración de capitales, recursos humanos y progreso técnico entre unidades económicas, siendo esto un factor explicativo central en la divergencia en materia de productividad, calidad de empleos y remuneraciones”. (Salvia; 2013)
Bibliografia.
– Beccaria, Luis (2014): “Economía Política de la pobreza”, Seminario Maestria de Políticas Urbanas UNTreF.
– Jaramillo, Samuel (2009): “Hacia una teoría de la renta del suelo”. Ed. Universidad de los Andes, Bogotá.
– Kaztman, Rubén (2001): “Seducidos y abandonados: el aislamiento social de los pobres urbanos”. Revista de la CEPAL 75.
– Marshall, Adriana (2014): “Los límites al crecimiento del empleo industrial”. Presentacion en el seminario Distribucion de la riqueza: nuevos escenarios, nuevos paradigmas, nuevas alternativas. Cátedra Plan Fenix, FC. Económicas.
– Lavopa, Alejandro (2008): “Crecimiento económico y desarrollo en el marco de estructuras productivas heterogéneas. El caso argentino durante el período 1991-2006”. Centro de Estudios sobre Población, Empleo y Desarrollo (CEPED), Instituto de Investigaciones Económicas, FCE, Universidad de Buenos Aires.
– Ocampo, J. A. (2001): “Raúl Prebisch y la agenda del desarrollo en los albores del siglo XXI”, en Revista de la CEPAL, N° 75, Santiago.
– Salvia, Agustín (2010): “Heterogeneidad Estructural, Mercado de Trabajo y Desigualdad Social: el patrón de la distribución de los ingresos y los factores subyacentes durante dos fases de distintas reglas macroeconómicas”. IV Congreso de la Asociación Latinoamericana de Población. La Habana, Cuba.
– Salvia, Agustín (2013): “Heterogeneidad Estructural y desigualdad en la Argentina de las últimas dos décadas de historia económica” Dossier en Revista de la Facultad de Ciencias Sociales, UBA Nro 84.

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