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Día 87 de cuarentena, Ciudad de Buenos Aires.

Desde que comenzó la pandemia, hace 5 meses, se viene diciendo que “a partir de ahora el mundo va a ser otro”; “Que muchas cosas van a modificarse”;La sociedad y el mundo ya no será igual”. Hasta se habla de una “Nueva Normalidad’. Para mi un término horrible: una normalidad impuesta, un estado de excepción permanente. 

Habrá consecuencias y efectos de la Pandemia; sin duda que la Zoomización de la vida va a dejar secuelas y probablemente algunos nuevos hábitos que se apliquen a la vida laboral y educativa sean positivos; la digitalización de la vida también permita una mayor democratización de conocimientos , la sensación de estar más cerca en un mundo más pequeño y con un nuevo uso del tiempo. Pero inevitablemente los Humanos volveremos a encontrarnos en cafés a desayunar y en bares para el aperitivo, queremos salir a correr, pasear por parques y plazas. Extrañamos encontrarnos y compartir. Quizás sean los mayores anhelos post pandemia

En estos meses también aprendimos nuevas palabras: videollamada, tapabocas, distanciamiento social, sanitización, entre otras. El Futuro siempre llega con nuevas palabras, que son como agoreros del porvenir. Pero también nosotros el usar y vivir esas palabras vamos cambiando y mutando su uso. No todo tiene el mismo sentido que siempre tuvo; y cuando el futuro llega con nuevas palabras, algunas desaparecen y otras mutan en formas y sentidos. 

Las palabras se relacionan con nuestros hábitos de manera tal que se determinan mutuamente. La manera en que describimos y entendemos (con palabras) el mundo también nos determina. 

Por ejemplo la palabra “Consumir” tiene su origen etimológico en el latín consumere que significa tomar entera y conjuntamente; desbastar, agotar, desgastar. Es un verbo formado por con el prefijo -con (conjuntamente, globalmente, del todo) y el verbo sumere (tomar, asumir). Hoy vivimos en una sociedad de consumo, desde la etimología una Sociedad del Desgaste, del agotamiento, de tomar todo sin dejar nada. Pero no siempre fue así.

Durante mucho tiempo las sociedades han propuesto una distinción entre las cosas: de comer, de mirar y de usar dependiendo de cómo se abordan, si con la boca, los ojos o las manos. 

Las cosas de comer son aquellas que nunca llegan a tener una consistencia ontológica, porque su aparición es casi simultánea a su desaparición. Es decir: no llegan a ser cosas porque su fin es su destrucción, son los comestibles o consumibles. El alimento que nos permite la reproducción biológica, como una manzana que solo tiene sentido cuando sacia el hambre, que no se usa para decorar, no se usa para jugar, solo tiene sentido cuando es comida. Boca

Las cosas de de usar son resultado de la interacción entre el Ser humano y la naturaleza. Son objetos que tienen cultura (conocimiento y lazos sociales) impregnados en ellos. Tienen una valoración, tienen un fin. Su uso le da sentido a ellos mismos como objetos y nos conectan a quienes los diseñaron, quienes lo usaron previamente o a nosotros con la acción de usarlos. Un pantalón no se come, tiene una funcionalidad más duradera que la manzana. Tiene un sentido al usarlo y permitirnos abrigarnos. El objeto obtiene sentido desde su diseño y su funcionalidad. Manos

Las cosas de mirar o maravillas, (del latin marabilias que significa ‘cosas dignas de ser miradas’), son aquellos objetos que existen en todas las sociedades desde hace por lo menos 40.000 años atrás, en una especie de plebiscito cultural ininterrumpido, en donde se renunciaron a comerse (consumir) y al mismo tiempo inutilizar (no usar) ciertos objetos para dotarlos de un valor sagrado o religioso. Objetos de culto, templos, estatuas, obras de arte, las ciencias (matemáticas o constelaciones) son considerados maravillas, cosas para mirar y contemplar. Estos objetos están para los ojos y no son tocados por boca o manos. están ahí y no aquí. Tienen como fin nada más que recordarnos algo, hacernos sentir. Están para la mente, son objetos públicos que se apoyan en nuestra intersubjetividad y no se consumen. Son Maravillas cosas para ser contempladas. Ojos.

Hoy estamos en un momento histórico en donde perdimos esta taxonomía de las cosas. No distinguimos entre las cosas de comer, cosas de usar y cosas de mirar. Somos la primera sociedad de la  historia que tratamos por igual a una manzana, un martillo, unos pantalones, un hombre, un cerdo, una mujer o una catedral. Somos la primera organización económica-productiva que hemos encasillado en la misma categoría al pan, los coches, las semillas, las ciudades y las imágenes de todos ellos en cosas de consumo, en cosas de comer. Todo son objetos que no duran, que no tienen un sentido más allá de su desgaste. Nos comemos un par de pantalones, una escultura y un plato de fideos.

Visitar un museo para solo dejar asentado con una selfie que hemos estado allí es tratar a la maravilla como comida: buscar saciar el hambre de “mostrar”, pero en ningún momento nos detenemos a contemplar.

Tratamos a un pantalón como el mayor símbolo de estatus, como si fuera una obra de arte, pero solo durante algunas semanas; luego cambia la moda y lo dejamos de usar (se consume su sentido, pero no el objeto). 

Cuando una palta o un plato de fideos, que debería significar solo algo tan sencillo como una fruta sabrosa o una mezcla de carbohidratos y proteínas bien sazonadas para brindarnos la energía necesaria y por lo que tiene mucho sentido consumir (desgastar, comer todo, no dejar nada), los admiramos como una obra de arte y los dejamos retratado para la posteridad.

Comemos las maravillas y admiramos la comida. Abordamos a todas las cosas por igual, nos comemos todo, sea el objeto (palta) o la imagen de ese objeto (escultura, iphone o palta).

Esta taxonomía de las cosas donde todo es Consumible explica mucho los problemas que tenemos como humanidad. Hoy nos encontramos en las puertas de una crisis climática, que traerá aparejada una crisis humanitaria sin precedentes, y se debe sobre todo a la presión que ejercemos sobre el planeta en este afán de consumir todo; con esta lógica de comernos el mundo.

No nos detenemos frente a las marabilias de la naturaleza: las selvas, montañas, humedales, bosques y seres vivos que en ellos habitan (la biodiversidad) son arrasados para generar alimentos o materiales para bienes de consumo; usamos los recursos del planeta (el capital natural) de una manera sin precedente para generar los productos para el consumo, para desgastarlos, tomarlo todo. Hay una dialéctica muy interesante entre lo que hacemos y cómo lo nombramos: Sociedad de Consumo. Sociedad de Desagaste. Sociedad de Tomar Todo. Sociedad de Agotar.

Pero el Futuro llega con nuevas palabras, que son como agoreros del porvenir. Y hoy estamos oyendo palabras como slow-food, slow-fashion, Share/compartir, Co-uso, usar no tener, Alimentacion consciente, Reparar, Austeridad, Reciclar, Reusar, entre otros neologismos. Palabras y frases que comienzan a modelar una realidad en donde las cosas tienen estatus, funcionalidad y lógicas diferentes. 

El mundo del futuro debe ser sustentable, es decir equitativo, inclusivo y responsable en el uso de los recursos naturales (que son la condición de posibilidad de todo). Pero también debemos, como receptores finales de esos recursos (los productos), adoptar una actitud diferente con ellos. 

Es decir, quizás haya que repensar, resignificar la palabra Consumo o directamente dejar de usarla para nombrar la relación que tengamos con aquello objetos (físicos o digitales) que no implique directamente: Destruir, desgastar, descomponer, gastar completamente, extinguir, agotar, acabar que es lo que significa “Consumir”. Porque inevitablemente necesitamos una relación diferente con los objetos y con nuestro entorno. Y así, probablemente logremos también una relación diferente entre nosotros como especie en sociedad. 

El tiempo se bifurca perpetuamente hacia innumerables futuros. En uno de ellos [estaremos mejor].
Jorge Luis Borges.


jjv.


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