Es innegable que existe un sector de la población que cree que la Tierra es plana. Esta postura, por muy extravagante que parezca, no afecta directamente a nadie más que a quienes la sustentan. Creer que la Tierra es un disco sostenido por elefantes 🐘y tortugas 🐢es tan inofensivo como creer en el ratón pérez o en el monstruo del lago Ness. Sin embargo, el problema surge cuando el descreimiento deja de ser un acto privado y comienza a socavar políticas públicas esenciales. El negacionismo del cambio climático, la oposición a las vacunas y el rechazo a la ciencia en general no son solo opiniones personales ridículas; tienen consecuencias tangibles y nos afectan a todos.

Los Impactos de la ridiculez
Si la ciencia asumiera que la Tierra es plana, nuestra vida cotidiana se convertiría en un caos. Para empezar, la navegación y los sistemas GPS serían imposibles de desarrollar. Toda nuestra tecnología de posicionamiento global, desde Google Maps hasta las rutas de aviones y barcos, se basa en la esfericidad del planeta. Si aplicáramos la lógica terraplanista, los vuelos internacionales tendrían rutas ineficientes y erráticas, lo que pondría en peligro el transporte aéreo y colapsaría el comercio global. Otro impacto se sentiría en la astronomía y la exploración espacial. Si partiéramos de la base de que la Tierra es un disco, toda la ciencia detrás de los satélites, las telecomunicaciones y la predicción del clima se derrumbaría. No podríamos enviar satélites a órbita para monitorear fenómenos meteorológicos, prever huracanes o coordinar señales de internet y televisión.
Las vacunas son un caso paradigmático. La vacunación masiva redujo drásticamente la incidencia de enfermedades infecciosas, lo que disminuye la carga sobre los sistemas de salud y libera recursos para otras áreas críticas. Una población más sana es una población más productiva, con menos ausentismo laboral y escolar, lo que impulsa el crecimiento económico. La inversión en programas de vacunación es una estrategia costo-efectiva para mejorar la salud pública y promover el desarrollo sostenible. Los países con altas tasas de vacunación suelen tener mejores indicadores de salud y un mayor nivel de desarrollo humano. Cuando una parte significativa de la población se niega a vacunarse, no solo se pone en riesgo a sí misma, sino que facilita la propagación de enfermedades que podrían haberse erradicado. El resurgimiento de brotes de sarampión en países desarrollados durante estos últimos años es un claro ejemplo del daño que puede causar el rechazo a la inmunización. El costo económico de tratar enfermedades prevenibles por vacunación es enorme, y la carga recae sobre el sistema de salud y, en última instancia, sobre todos los contribuyentes.
El cambio climático es otro terreno donde el negacionismo genera estragos. Quienes niegan la crisis climática o minimizan sus efectos obstaculizan las políticas de mitigación y adaptación, lo que nos deja más vulnerables a eventos extremos como inundaciones, olas de calor y sequías. Mientras los líderes como Trump o Milei embanderan la reacción antiambientalista como una cruzada contra la «moralina progresista», las ciudades se vuelven más frágiles ante los desastres. Lo sucedido en Valencia en octubre de 2024 o en Bahía Blanca en febrero de 2025 son dos ejemplos de los muchos que suceden todas las semanas en diferentes ciudades del planeta. Aquí no hay margen para la relativización: el impacto del cambio climático no distingue entre creyentes y escépticos, y la falta de acción solo agrava el problema. Los costos económicos y humanos de los desastres naturales son inmensos, y retrasar la acción climática sólo aumentará esos costos en el futuro.
La gestión de residuos es otra esfera donde el individualismo mal entendido genera un daño sistémico. Si cada ciudadano decide que separar residuos es una opción moral en lugar de una responsabilidad compartida, los vertederos crecen, los ecosistemas se degradan y las ciudades se vuelven cada vez más caóticas. No podemos depender solo de la «buena voluntad» de unos pocos cuando el problema es colectivo. Aquí, como en la vacunación y el cambio climático, es necesario un sistema de incentivos, otro acceso a la información y nuevas regulaciones que transforme la responsabilidad individual en una acción efectiva y masiva. De lo contrario, los costos de la contaminación y la degradación ambiental recaerá sobre la sociedad en su conjunto.
Actualizar las Instituciones
Hoy, la desinformación está amplificada por las redes sociales e internet. Las noticias falsas y teorías conspirativas siempre han existido, pero ahora tienen una capacidad de propagación y viralización sin precedentes. En muchos casos, la información de calidad, basada en evidencia, es de difícil acceso: los papers científicos son pagos y, aun cuando están disponibles, su lenguaje técnico los vuelve inaccesibles para gran parte de la población. Mientras tanto, un youtuber carismático explicando que la Tierra es plana con argumentos simples y visuales resulta mucho más convincente para millones de personas.
Este problema no solo afecta a la ciencia, sino también a otras instituciones de la democracia, como la justicia y el poder legislativo. Los fallos judiciales son complejos y muchas veces opacos para el ciudadano común, lo que alimenta la desconfianza y la susceptibilidad a interpretaciones erróneas. Lo mismo ocurre con las leyes y regulaciones: si la ciudadanía no comprende su propósito ni su contenido, la desconexión entre las instituciones y la sociedad se profundiza. Esto puede llevar a la erosión de la legitimidad de las instituciones y a la inestabilidad política.
Es fundamental actualizar la comunicación de las instituciones democráticas. La falta de comprensión sobre el rol de la ciencia, la justicia y la política no solo erosiona la confianza pública, sino que también pone en riesgo el funcionamiento de la sociedad. La lucha contra el negacionismo y la desinformación no se gana con censura ni con imposiciones, sino con una estrategia de comunicación clara, accesible y efectiva que permita a la ciudadanía diferenciar entre evidencia científica y charlatanería. En un mundo donde la información errónea es gratuita y la verdad es de difícil acceso, la democracia y el conocimiento están en jaque. Es responsabilidad de todos nosotros, ciudadanos, instituciones y medios de comunicación, trabajar juntos para garantizar que la verdad y la evidencia prevalezcan sobre la mentira y las paparruchadas (nombre femenino coloquial ‖ noticia falsa y desatinada).
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