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La revolución de las redes sociales transformó por completo el modo en que nos vinculamos, opinamos y participamos de lo público. En apenas una década, el pulso del mundo se trasladó de las instituciones a las pantallas, de los diarios al feed, de la calle al timeline. Pero ¿Qué implica eso para la acción política y la construcción de ciudadanía?

José Ortega y Gasset ya advertía en “La rebelión de las masas” (1930) sobre los peligros de una sociedad donde el individuo promedio —el “hombre masa”— accede a herramientas de poder y opinión sin el correlato de una responsabilidad o preparación cívica. Aquel diagnóstico de 1930, que parecía responder a un tiempo lejano, se vuelve inquietantemente actual frente al fenómeno digital. Hoy, millones de personas pueden alzar la voz (y lo hacen), pero no necesariamente para construir, sino para descargarse.

Martín Gurri, en “La rebelión del público” (2014), retoma esa preocupación: vivimos en una era en que el ciudadano empoderado del siglo XXI ya no busca una alternativa, sino que simplemente destruye las narrativas existentes. El nuevo sujeto social, el público, no propone; apenas reacciona. La información es inmediata, abundante y, muchas veces, inconmensurable. Eso fragmenta cualquier intento de sentido común colectivo. Las autoridades pierden legitimidad no por su mal desempeño, sino porque ya nadie cree en ningún relato. Y el vacío que dejan las elites deslegitimadas aumenta la falta de sentido, el nihilismo, la queja e imposibilita la construcción de verdades compartidas.

Al mismo tiempo, Alessandro Baricco explora primero en “Los Bárbaros” (2006) y luego en “The Game” (2018) cómo la revolución digital no es sólo tecnológica, sino cultural. Nos enfrenta a nuevas lógicas, nuevos lenguajes, nuevos modos de estar en el mundo. En este entorno, la “superficie” no es algo superficial, sino el nuevo campo de batalla. Todo es juego, velocidad, datos. Y ahí se juega también la política, desdibujada entre hashtags, filtros y emociones virales (ira, bronca, gritos y furia).

La Sociedad de la Queja

En este escenario la queja es cómoda. Se desliza con un click, se emite sin costo. Es un tuit, una historia de Instagram, una frase lanzada al algoritmo. Es rápida, emocional, efímera. No exige compromiso ni consecuencias. Nos permite desahogarnos, pero no transforma nada.

La protesta, en cambio, es otra cosa. Requiere cuerpo, tiempo, organización. Protestar implica interrumpir el flujo habitual de las cosas. Supone una propuesta, aunque sea incipiente. Un nuevo orden deseado. La protesta arriesga, porque construye. Tiene horizonte.

Quien protesta está dispuesto a ofrecer algo superador. La queja, por sí sola, no es más que vacío envuelto en furia. Es el “ruido y la furia” de Macbeth viendo caer su reino, un clamor que parece significar mucho, pero que al final “no significa nada”.

Las alt-right1 digitalizan el cinismo y el nihilismo

Este fenómeno no ha pasado desapercibido para ciertos actores políticos. Por ejemplo, las nuevas alt-right digitales han entendido mejor que nadie cómo operar en este ecosistema de quejas sin propuesta. Incentivan el malestar, fogonean la desconfianza y siembran cinismo.

No buscan canalizar la bronca hacia una protesta transformadora, sino al contrario: buscan que todo parezca inútil. Alimentan un nihilismo cómodo desde el sillón y mediante las redes; donde nada vale la pena y, por lo tanto, donde todo vale; donde toda alternativa es ridiculizada, y donde el único acto legitimado es el desahogo individual, la opinión, la ira, el sentimiento tribal; no se buscan ideas ni propuestas. Así, se aseguran de que la furia no se traduzca en organización, y que la energía social se disuelva en likes y retuits. Usan el caos para gobernar en la parálisis.

El desafío: democracia, redes y engagement2

Hoy la mayoría de nuestras tecnologías sociales fomentan la queja. Nos permiten expresarnos, pero no organizarnos. Canalizan el malestar, pero no lo politizan. Y ahí reside uno de los grandes desafíos de este tiempo: entender que este sistema de comunicación ya es parte de nuestra vida cotidiana, está entreverado con nuestro “dasein” como plantea Heidegger: ser-ahí, que define nuestra existencia. Significa que no existimos solos, sino que nuestra existencia se caracteriza por la relación con los demás y con el mundo en general. 

Hoy las redes son necesarias para entender y definir nuestro “dasein contemporáneo». Que a su vez define, y es definido, por nuestra relación con las instituciones y con la democracia ¿Cómo adaptamos nuestras instituciones, su funcionamiento, sus mensajes, su comunicación, sus propuestas, sus outputs3, a este nuevo paradigma digital? 

No es la primera vez que las instituciones de la democracia liberal se enfrentan a un cambio de tecnologías de la comunicación, pero quizás sí sea el cambio más radical y más veloz. Millones de personas generando opinión y quejas, generando contenido verosímil pero no necesariamente veraz, quienes ostentaban la legitimidad para definir qué era lo importante y cierto están deslegitimados, por lo tanto no hay marco de referencia. ¿Habrá alguna relación entre este nuevo gesto de “queja digital” y el absentismo en las elecciones en todo el mundo? ¿Será necesario digitalizar más la participación democrática para aumentar el “engagement” de los ciudadanos en el siglo XXI?

Quizás debamos pensar que el hecho de exista esta “Sociedad de la Queja” es una consecuencia de una demora en la actualización de las instituciones democráticas: tal como el voto popular fue instituido entre el siglo XIX y XX y luego ampliado a las mujeres; tal como se incorporaron derechos sociales durante el siglo XX; quizas hoy la democracia debe evolucionar hacia la incorporación de las TICs4 que son, al final del camino, herramientas de horizontalización de la voz y mayor eficiencia del uso del tiempo. 

Retomando la metáfora de la Queja y de la Protesta: necesitamos nuevas formas de protestar, de organizarnos, de confluir, de encontrarnos, nuevos lenguajes comunes, nuevas ideas que nos junten como ciudadanos. Ciudadanos más globales y más digitales, que trascienden fronteras y paredes. 

No se trata de callar la queja, sino de trascenderla. De transformarla en propuestas, en acciones, en sentido. Porque sin eso, la revolución digital no será emancipadora, sino apenas una válvula de escape. Y el futuro, en lugar de ser construido, será simplemente gritado.

jv.

  1. La derecha alternativa (del inglés alternative right, a menudo abreviado como alt-right) es un movimiento relativamente heterogéneo de extrema derecha y nacionalista blancohttps://es.wikipedia.org/wiki/Derecha_alternativa ↩︎
  2. El «engagement» se refiere a la medida de interacción e implicación que una marca o usuario genera con su audiencia. Es decir, la capacidad de atraer a seguidores que no solo ven el contenido, sino que también interactúan con él, comentando, compartiendo o dando «me gusta”.
    ↩︎
  3.  El término «outputs» se refiere a los resultados concretos y tangibles que se derivan del proceso de gobierno y toma de decisiones. Estos outputs son los resultados de la interacción entre los inputs (demandas y preferencias de la ciudadanía) y las acciones de las instituciones. Son las políticas públicas implementadas, los servicios prestados, las leyes aprobadas, y otros efectos directos de la gestión gubernamental.
    ↩︎
  4. Tecnologías de la Información y Comunicación ↩︎


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