Written by

,

Reflexiones luego del fracaso del tratado sobre contaminación plástica en la ONU, Agosto 2025.


En el siglo XXI la gente ya no puede ahorrar para comprar una casa: pero “invierte” en experiencias. La lógica de la gratificación inmediata domina la cultura contemporánea. Las redes sociales han convertido este ethos en una práctica cotidiana: la validación se busca en el instante, el consumo se activa en un clic, las emociones son dopamina digital.

Tras la pandemia de Covid-19, la urgencia por “salir a la vida” reforzó esta tendencia. El mensaje colectivo fue: no dejes nada para después, hacelo ahora. Viajar, consumir, experimentar: una especie de revancha contra el tiempo perdido.

En este contexto, cualquier agenda que invite a posponer la gratificación –ahorrar, cuidar, restringir, regular– se percibe como antidesarrollo, anti progreso y hasta antieconómica. Lo sostenible se asocia a la austeridad; y la austeridad, al anti-mercado. Este es uno de los espejismos más potentes de nuestra época. Porque en realidad, toda sociedad que quiera persistir necesita administrar su tiempo y sus recursos, postergar gratificaciones, planificar futuro y pensar en quienes vendrán después.

No veo propuestas interesantes desde ninguna zona política: todas son reversiones del pasado. Desde un neo-colectivismo de izquierda, un desarrollismo siglo XX maquillado del centro hasta un liberalismo fundamentalista y bobo en la derecha. 

Encima el debate público se ha ideologizado: el cuidado del clima, de los ecosistemas o de la biodiversidad aparece etiquetado como “agenda de izquierda”, “marxismo cultural”, “Wokismo empobrecedor”, mientras que la “derecha” se viste de pro-mercado y pro-satisfacción inmediata. Como si cuidar el planeta fuera un capricho sin sentido, y no una condición básica de supervivencia.

El gran desafío del siglo XXI es poder sostener una calidad de vida con acceso a bienes y servicios para miles de millones de personas dentro de los límites físicos del planeta. Es decir debemos ser más eficientes y austeros. Debemos repensar el modelo hacia el futuro. 

Hace unos días culminó el encuentro de PNUMA sobre contaminación de plásticos, y aunque todos los países reconocen el problema, no se ha podido llegar a un acuerdo sobre un texto consensuado y por lo tanto no hay líneas de acción en el corto-mediano plazo. La inercia se mantiene. Lo mismo viene sucediendo posterior al Acuerdo de Paris sobre emisiones de Gases de Efecto Invernadero. Estamos empantanados, y sin solución de continuidad

El problema de fondo es que estamos anclados en el presente. Estamos paralizados, sin imaginación. No podemos pensar en un futuro distinto al hoy: con menos plásticos y menos petróleo o con una relación diferente con el resto de seres vivos con quienes compartimos el planeta. Todo esto nos obliga a imaginar futuros posibles pero diferentes al presente. Y parece que la “imaginación al poder quedó” en 1968. 

El problema de estar anclados al presente es que no hay dudas y sobran certezas científicas al respecto que el modelo presente desarrollo es insostenible. Y aquí es donde diferentes autores, desde Hans Jonas hasta Brundtland, pasando por Herman Daly o John Rawls, plantearon el dilema central: las decisiones que tomamos en el presente definen no solo nuestro bienestar, sino la posibilidad misma de vida de quienes nos sucederán.

Pensar el futuro hoy nos obliga a imaginar futuros novedosos, diferentes. Porque si lo único que proyectamos es la repetición del presente, no estamos imaginando: estamos copiando. Imaginar un futuro diferente significa asumir que el bienestar no puede reducirse a la gratificación instantánea, y que la libertad de hoy depende de una responsabilidad hacia mañana.

Entre esas imaginaciones necesarias está la más básica y, a la vez, la más difícil: volver a creer que podemos construir un futuro para quienes nos procederán. No un futuro idéntico al nuestro, sino uno que asegure “largo plazo”. Un futuro para el futuro.

El mayor desafío del siglo XXI no es tecnológico ni económico, es cultural: atrevernos a imaginar un futuro novedoso. Un futuro que nos permita seguir disfrutando la calidad de vida, pero que al mismo tiempo reconozca que el modelo actual es insostenible.

No se trata de renunciar a vivir bien, sino de redefinir qué significa bienestar en un planeta finito. Se trata de entender que la verdadera riqueza no está en lo que agotamos, sino en lo que somos capaces de preservar. 

El desafío está en construir un futuro desde el desarrollo sostenible, hacer posible lo que hasta hoy parece contradictorio: disfrutar del presente sin hipotecar el mañana.

Anexo.

Aquí dejo un cuadro con algunos autores para pensar este dilema: desde distintos ángulos, los autores se corren de la dicotomía izquierda/derecha y sitúan la cuestión ambiental como un problema temporal: presente vs. futuro.


Descubre más desde Cambio Climático y Cultura. Ideas para pensar el siglo XXI

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Deja un comentario

Descubre más desde Cambio Climático y Cultura. Ideas para pensar el siglo XXI

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo