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“Estamos cara a cara con el planeta. Ya no podemos fingir que la naturaleza está afuera de la historia humana.”Bruno Latour, Cara a cara con el planeta

Carlos Mazón, presidente de la Generalitat Valenciana, renunció después de la catástrofe provocada por la DANA de 2024. Su dimisión no fue simplemente el resultado de un evento meteorológico: fue una consecuencia política directa del cambio climático. Por primera vez, el clima —ese actor invisible que durante siglos la política estable y constante— intervino con fuerza en el tablero del poder.

Durante meses, Mazón y sus aliados de Vox minimizaron los informes científicos, recortaron programas de prevención y rechazaron políticas de adaptación, bajo la bandera de combatir el “alarmismo verde”. Pero cuando las lluvias torrenciales arrasaron con viviendas, infraestructuras y vidas, la negación dejó de ser una estrategia retórica: se convirtió en negligencia con costos humanos.

La naturaleza ya no está afuera

Latour lo advirtió hace años: la naturaleza no es un fondo pasivo sobre el cual se desarrolla la historia humana. Es un actor con agencia, que reacciona, presiona y redefine los márgenes de la acción política. Negar esa interacción —como hizo Mazón— es una forma moderna de ceguera. Las decisiones que hoy se toman sobre presupuestos, infraestructura o educación no pueden desligarse del clima, porque el clima ha dejado de ser “entorno” para convertirse en escenario y protagonista.

La DANA como advertencia

La Depresión Aislada en Niveles Altos (DANA) que golpeó el Levante español fue mucho más que una tormenta. Fue una respuesta amplificada por un clima alterado:

  • Mayor intensidad: el cambio climático incrementó entre un 7 % y un 15 % la lluvia diaria de estos fenómenos.
  • Mayor frecuencia: el calentamiento global hace que ocurran más seguido.
  • Más energía atmosférica: mares más cálidos alimentan tormentas más violentas. El Mediterráneo, que alguna vez fue cuna de civilizaciones, es hoy una de las regiones más vulnerables del planeta. Y mientras los meteorólogos advertían sobre el riesgo, el gobierno valenciano prefería el silencio político al reconocimiento científico.

Cuando la negación de la ciencia se convierte en gobierno

La política puede discutir impuestos, leyes o ideologías. Pero no puede discutir la física. Mazón cayó no por corrupción ni por una crisis de partido: cayó porque su gobierno eligió no creer en los datos. Y en el siglo XXI, gobernar de espaldas a la ciencia es gobernar de espaldas a la realidad.

La DANA no fue un castigo divino ni una “fatalidad meteorológica”. Fue la consecuencia lógica de un sistema político que sigue actuando como si el cambio climático fuera un tema de activistas y no un factor estructural de la vida pública.

Lo que sucedió en Valencia es más que una tragedia regional: es un síntoma global. Los líderes que nieguen el cambio climático no perderán solo legitimidad: perderán elecciones, y algunos, como Mazón, perderán el cargo. Porque el cambio climático no vota, pero pone en jaque gobiernos. Y cuando los políticos deciden ignorar la ciencia, el régimen climático del planeta —ese nuevo actor político— les responde con lluvias, incendios o sequías que ningún discurso puede tapar.

En el siglo XXI gobernar es adaptarse. La política y la ciencia se entrecruzan en una relación de interdependencia para la toma de decisiones. Los liderazgos del siglo XXI no puede negar los datos científicos si quieren estar a la altura de los desafíos por venir y esto quiere decir que puedan existir, generar diálogos, en estas dos dimensiones: la Política, el gobierno de lo humano y la Ciencia, el gobierno de lo no humano.

jv.

Referencias:


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