Solarpunk, un futuro deseable para el siglo XXI

“Nos resulta más fácil imaginar el total deterioro de la Tierra que el derrumbe del capitalismo” F. Jameson

De los grandes desafíos del Siglo XXI, desde el cambio climático hasta el uso de la IA y la crisis de la democracia, hay uno del que muy poco se habla, pero que es performativo del porvenir: nuestra incapacidad de imaginar futuros deseables. 

Como planteó Mark Fisher en su libro “Capitalist Realism: Is There No Alternative?” (2009) vivimos bajo un régimen que no se limita únicamente a organizar la economía y el trabajo, sino que también logró contener (limitar) nuestra capacidad imaginativa. No se trata solo de que el capitalismo sea el sistema dominante que determina nuestro presente y nuestro futuro inmediato, sino que aparece en nuestro imaginario colectivo como el único posible. En esa clausura de alternativas, la imaginación política queda reducida a la gestión de lo existente.

Esta idea toma mayor nitidez con la frase del norteamericano Fredric Jameson: “Nos resulta más fácil imaginar el total deterioro de la Tierra que el derrumbe del capitalismo”. La frase no es un gesto retórico, sino un diagnóstico cultural de un crítico literario. Desde mediados del siglo XX, nuestras narrativas colectivas sobre el futuro han estado atravesadas por visiones del colapso: guerra nuclear, crisis ecológicas, ciudades degradadas, inteligencias artificiales que dominan lo humano. El futuro como algo potencialmente peligroso y potencialmente inevitable.

El cine y la literatura han sido vehículos centrales de esta narrativa. El imaginario, que flota y se manifiesta en películas como “Mad Max” (1979), “Blade Runner” (1982), “Terminator” (1984), “Waterworld” (1995), “The Matrix” (1999), o series como “Black Mirror” (2011), no surge en el vacío: son parte de una estética y una filosofía que se consolidó con el nombre de Cyberpunk. Obras pioneras como “Do Androids Dream of Electric Sheep?” (1968) de Philip K.  Dick o “Neuromancer” (1984) de William Gibson definieron un imaginario donde la alta tecnología convive con la degradación social. El lema implícito del cyberpunk —“high tech, low life”— sintetiza una intuición clave: el desarrollo tecnológico, bajo las condiciones actuales, no conduce a la emancipación sino a nuevas formas de desigualdad y control. La película “Children Of Men” (2006), dirigida por el mexicano Alfonso Cuarón muestra esa angustia y desazón de una sociedad que se sabe perdida, con un vacío existencial provocado por la inevitable certeza de que el futuro será peor. 

El cyberpunk buscaba funcionar como denuncia, no ser solo una estética oscura de neones y megaciudades; procuraba ser una crítica a la concentración del poder en corporaciones tecnológicas, a la financiarización de la vida y a la degradación ambiental, el colapso ambiental y la disolución de lo público y liberal. En este sentido, se refuerza el diagnóstico del “realismo capitalista”: incluso cuando imaginamos el futuro, lo hacemos dentro de las coordenadas del mismo sistema, llevado a sus extremos, como una distopía.

Pero esta hegemonía distópica no nos permite construir alternativas. Si todo futuro imaginable es peor, entonces el presente queda naturalizado. El “realismo capitalista” tiene, tuvo o está teniendo, la capacidad de impedirnos imaginar un futuro con un sistema económico y productivo diferente. Ni soviético, ni chino, ni volver a las cavernas, imaginar que podríamos vivir en un lugar deseable.

Esa idea es la que lleva a Thomas More a escribir su libro en 1516 para el que acuñó el término «utopía» a partir de los vocablos griegos outopia (‘no lugar’) y eutopia (‘buen lugar’), lo que significa que es a la vez un «buen lugar» y «ningún lugar». Aunque algunos pueden tildar de ingenuo el texto de “Utopía”, fue clave para moldear el espíritu crítico y liberal de los siglos siguientes.

Frente a este panorama, emerge una pregunta urgente: ¿cómo volver a imaginar el futuro sin caer en la ingenuidad? Aquí es donde aparece el concepto de Solarpunk, surgido a mediados de la década de 2010. A diferencia del cyberpunk, el solarpunk es una Utopía, ya que no parte de la extrapolación de las tendencias actuales hacia el colapso, sino que propone imaginar un futuro mejor mediante la exploración de alternativas concretas para construir un futuro deseable. Es, en cierto sentido, una contra-narrativa. La palabra, punk, significa rebeldía. Una rebeldía solar frente a la insostenibilidad de la falta de futuro.

El surgimiento de este movimiento literario puede rastrearse hasta un blog del 2008, pasando por novelas ecologistas de 2009, hasta antologías de cuentos en Brasil y Estados Unidos entre 2012 y 2018, que propone imaginar un futuro organizado en torno a energías renovables —principalmente solar—, pero su alcance es mucho más amplio. Imagina ciudades diseñadas para la vida comunitaria, con infraestructuras verdes, agricultura urbana, economías circulares y tecnologías abiertas. La estética —techos con paneles solares, edificios cubiertos de vegetación, sistemas de transporte limpios; vida comunitaria, barrios, vecindad— es inseparable de una ética: cooperación, descentralización y acceso equitativo.

Nuestros valores y nuestra ética están determinados, además de por nuestro entorno social, comunitario y de interacción interpersonales, por el sistema económico y productivo donde estamos insertos y los bienes públicos a los que tenemos acceso (educación, salud, justicia, naturaleza, etc).

A diferencia de la distopía cyberpunk, donde la tecnología aparece como instrumento de dominación, en la utopía solarpunk la tecnología es apropiada socialmente. No desaparece, pero cambia de lógica: deja de estar orientada a la acumulación y pasa a estar al servicio de la sostenibilidad y el bienestar colectivo. Es, en este sentido, una reapropiación política de la técnica. Una revolución científica al estilo del premio Nobel argentino César Milstein, quien dijo «La ciencia debe ser un patrimonio de la humanidad, no una propiedad privada».

Para entender la profundidad de la idea de Solarpunk quiero incorporar la perspectiva de Jeremy Rifkin, especialmente en su obra “The Empathic Civilization” (2009), donde plantea que la evolución de las civilizaciones está íntimamente ligada a la relación entre sistemas energéticos y formas de organización social, que determinan la expansión (o no) de la empatía y por lo tanto de su capacidad de dar bienestar.

Según su tesis, cada gran régimen energético —desde la agricultura hidráulica hasta los combustibles fósiles— ha dado lugar a estructuras económicas específicas y a una determinada “conciencia empática”. A medida que las sociedades se vuelven más complejas e interconectadas, también se amplía el círculo de empatía: de la familia al clan, del clan a la nación, y potencialmente a la humanidad en su conjunto.

Sin embargo, Rifkin advierte una tensión central: los sistemas energéticos fósiles, altamente centralizados y competitivos, han impulsado un desarrollo material enorme, pero también han puesto en jaque el sistema climático del planeta, que está produciendo una crisis ecológica y humanitaria a nivel global. Por lo tanto este régimen energético está llegando a su límite, y sus consecuencias, además de la crisis climática y social, son las conductas tribales que emergen en la política del mundo, es decir la contracción de la empatía. 

En este marco, la transición hacia energías renovables no es solo un cambio técnico, sino civilizatorio. Las energías distribuidas, como la solar o la eólica, favorecen modelos más descentralizados y colaborativos. Además de ser una herramienta clave para hacer frente al Cambio Climático, que nos obliga a pensar una relación diferente con el Planeta. El rol de la energía solar y su descentralización puede ser la base material para una expansión de la empatía a escala global, incorporando a nuestros círculos empáticos al resto de especies con quienes compartimos el planeta tierra, y al planeta mismo como ecosistema donde nosotros vivimos.

Aquí es donde el solarpunk encuentra un sustento más profundo. No es solo una utopía estética, sino la proyección cultural de una posible nueva etapa civilizatoria. Un mundo con energía distribuida, redes inteligentes de información y producción localizada y eficiente no solo sería más sostenible, sino también potencialmente más empático y amable. Poder volver a creer que el futuro puede ser más lindo.

Esto permite releer el presente como un momento de transición. El siglo XX, basado en el petróleo, la industrialización masiva y los Estados-nación fuertes, parece haber agotado su capacidad de ofrecer horizontes. Ha logrado construir instituciones multilaterales globales, pero hoy sus instituciones, sus imaginarios y sus formas de producción muestran signos de desgaste frente a desafíos como la crisis climática o la desigualdad estructural.

En este contexto, la sensación de estancamiento no es casual. Es el síntoma de un sistema que sigue funcionando materialmente, pero que ha perdido su capacidad de ofrecer futuro. De ahí la proliferación de distopías: son, en cierto modo, la expresión cultural de ese agotamiento.

El solarpunk, en este sentido, no ofrece un programa cerrado ni una solución inmediata. Pero cumple una función crucial: reabrir el horizonte de lo posible. Frente al cinismo distópico del cyberpunk y al bloqueo del realismo capitalista, propone algo más difícil pero también más necesario: la construcción de futuros deseables.

No se trata de negar los riesgos ni de idealizar la transición, sino de recuperar una capacidad que hoy parece erosionada. Volver a imaginar que el futuro puede ser mejor. Que la tecnología puede ser reapropiada. Que la energía puede ser democratizada. Y que, en ese proceso, también puede expandirse nuestra capacidad de empatía.

Si el realismo capitalista nos dice que no hay alternativa, el solarpunk responde con una hipótesis: tal vez la alternativa ya esté en germen, en las transformaciones energéticas y culturales en curso. Lo que falta no es tanto inventarla, sino animarse a pensarla.

jv.


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