Los monstruos de la razón. De Francisco de Goya a las fake news

En 1799, Francisco de Goya publicó Los Caprichos, una serie de grabados que siguen siendo contemporáneos, sobre todo porque nos invita a pensar qué relación tenemos con la superstición. En sus grabados representa, de manera burlesca y grotesca, algunas supercherías y supersticiones de la época: Brujas que vuelan en aquelarres, demonios que acechan en la oscuridad, figuras grotescas que parecen surgir de una pesadilla colectiva.

 Pero también aparecen burros vestidos como nobles o maestros, leyendo con solemnidad o impartiendo lecciones, símbolos de una autoridad ignorante que se disfraza de saber. Además de las supercherías Goya retrató escenas que describen el machismo reinante en España durante el cambio de siglo y que se enmarcaba en en la violencia de la Inquisición, que se insinúa como una maquinaria de control que castiga aquello que ella misma contribuye a producir, ya que Brujería e Inquisición son dos caras de la misma moneda: Superstición institucionalizada: porque Torquemada no quemaba mujeres por irracionales, sino por brujas. 

Entre todas estas imágenes de la serie Los Caprichos destaca una que se convirtió en una de las grandes metáforas de la modernidad: un hombre duerme sobre su escritorio mientras criaturas nocturnas —búhos, murciélagos, y monstruos de la noche— emergen de la oscuridad. Debajo, una frase: El sueño de la razón produce monstruos. Cuando la razón duerme, emergen los monstruos de la irracionalidad.

Durante mucho tiempo se interpretó como una crítica a las creencias irracionales de su época que chocaban con los pensamientos de la Ilustración que comenzaba a aflorar; porqué para los ilustrados, como Goya, la razón era el instrumento esencial para alcanzar la verdad por lo que debían ser sometidas a crítica todas las “verdades” (o creencias admitidas) heredadas de la “tradición” (del pasado), especialmente aquellas que se basaban en los prejuicios, en la ignorancia y en la superstición o en los dogmas religiosos. 

Pero hay algo más que podemos extraer de su obra. Podemos pensar, analizar, cómo en una sociedad persisten las creencias irracionales en superposición con los conocimientos científicos racionales. Esa intuición explica su vigencia. Las imágenes que Goya nos propone en la serie Los Caprichos funcionan como un retrato de las creencias populares y políticas, de la irracionalidad y el dogmatismo que existían en España mientras se consolidaba la Ilustración y el conocimiento científico como base de la construcción de verdad. 

Algunos cientos de años atras, durante la Alta Edad Media, el cristianismo institucionalizado, que comenzaba a consolidar su hegemonía, comenzó a perseguir las creencias Paganas. Un texto de Isidoro de Sevilla (570-636) se enumeran 14 tipos diferentes de adivinos: “los que interrogan a los muertos, que usan agua, hechiceros que usaban la palabra para curar, que examinaban entrañas de muertos, los que observaban señales de la naturaleza, otros mediante pájaros, pitonisas, astrólogos, genealíacos que predecían el futuro de los niños por nacer, los que observaban estrellas, los que elaboraban horóscopos, los que tiraban la suerte y los que hacían presagios a través de palpitaciones” (Jean Vedron 2009). Es interesante que muchas de estas, aún, podemos encontrarlas entre el conjunto de creencias contemporáneas, que circulan sobre todo, en redes sociales.

Hoy se habla de la era de las fake news, pero el problema no es solo la desinformación. Lo que estamos presenciando es la transformación de las condiciones bajo las cuales una sociedad decide qué es verdadero, quién define qué es verdad.

La Iglesia Cristiana buscó modificar la noción de lo Verdadero del paganismo. La Ilustración, el régimen de verdad teocentrista cristiano. Hoy estamos en otro proceso de transformación, ¿hacia dónde? no sabemos aún.

Supersticiones y FakeNews, la actualización de lo irracional. 

La revolución digital, la inteligencia artificial y las plataformas han alterado la producción y validación del conocimiento. La autoridad ya no reside únicamente en universidades o medios, sino que compite con algoritmos, influencers y contenidos sintéticos. Nunca fue tan fácil acceder al conocimiento científico, y a la vez, tan sencillo fabricar relatos sin evidencia, pero verídicos. 

No es solo una crisis de información. Convivimos con toda la verdad y toda la mentira al mismo tiempo, ¿Cómo organizamos este caos?

Es una crisis epistemológica, pero lo interesante es que ya hemos pasado por situaciones parecidas. 

La España de Goya también vivía una transición. Las ideas ilustradas convivían con una cultura dominada por la tradición supersticiosa y la autoridad dogmática religiosa. Modernidad y Antiguo Régimen disputaban la interpretación legítima de la realidad.

Los Caprichos de Goya simbolizan esa tensión. Pero su crítica va más allá de la superstición: también apunta a quienes la persiguen. Brujería e Inquisición aparecen como dos caras de un mismo sistema, basado en el miedo y la autoridad. La irracionalidad no reside sólo en las creencias, sino en los mecanismos que las sostienen y explotan. Esa es una de sus intuiciones más modernas.

Hoy la racionalidad debe defender su espacio frente a la irracionalidad. Las supersticiones adoptan nuevas formas: teorías conspirativas, desinformación coordinada, contenidos generados por inteligencia artificial. Y las respuestas —indignación, polarización, cancelación— a menudo refuerzan el mismo circuito emocional. Como en tiempos de Goya, el miedo y su reacción pueden alimentarse mutuamente.

¿Por que persiste la irracionalidad después de tantos siglos?

Se proponen algunos autores para pensar esta pregunta, aunque es un debate abierto y super amplio. 

Daniel Kahneman, psicólogo cognitivo especializado en economía del comportamiento, mostró que nuestra mente privilegia decisiones rápidas sobre la búsqueda de la verdad. Los sesgos cognitivos nos hacen vulnerables a narrativas simples y emocionales. Las plataformas no crearon estas limitaciones, pero las explotan con eficacia.

Sin embargo, el problema no es solo psicológico. Los regímenes de verdad requieren legitimidades, y construir verdad desde la ciencia es más complejo que la creencia religiosas, porque requiere validaciones varias para lograr esa legitimidad.

Bruno Latour, sociólogo, señaló que los hechos científicos dependen de instituciones que los validan: laboratorios, universidades, revistas, comunidades de expertos. La confianza en la ciencia se sostiene en reglas compartidas para producir evidencia. La superstición es mucho más flexible, líquida, viral. 

Esa infraestructura hoy está en tensión, porque las tecnologías digitales han acelerado la circulación de información más rápido que la evolución de las instituciones que la validan. El resultado no es solo más desinformación, sino una competencia entre distintos sistemas de producción de verdad.

La Ilustración entendió que combatir la irracionalidad requería algo más que argumentos: construyó instituciones. Academias, universidades, prensa y método científico organizaron un nuevo orden del conocimiento.

Su innovación fue institucional, y esa es la lección central que creo debemos reflexionar para los tiempos que compartimos.

Hoy se proponen soluciones como la verificación o la educación científica. Son necesarias, pero insuficientes. El desafío es más profundo: las tecnologías transforman la conversación pública más rápido de lo que nuestras instituciones pueden adaptarse.

Jürgen Habermas, sociólogo y fundador de la escuela de Frankfurt, advirtió que la democracia depende de una esfera pública donde se intercambian argumentos bajo reglas comunes. Hoy ese espacio está fragmentado en comunidades digitales gobernadas por algoritmos. El riesgo no es solo la desinformación, sino la pérdida de condiciones para deliberar colectivamente sobre la verdad.

No nos enfrentamos un fenómeno completamente nuevo, pero sí con reglas, velocidades y actores novedosos.

Cada revolución tecnológica ha transformado la producción del conocimiento y de Verdad. La imprenta, la Revolución Científica y la Ilustración redefinieron la autoridad y las instituciones del saber.

Nuestra época enfrenta un desafío similar. No porque haya regresado la superstición, sino porque las herramientas e instituciones heredadas ya no bastan para un ecosistema informativo distinto, donde se viraliza a una velocidad sin precedentes la irracionalidad. Un gran ejemplo son los terraplanistas.

La respuesta no es añorar certezas ni confiar en soluciones tecnológicas. Así como la Ilustración creó instituciones para la ciencia moderna, hoy debemos construir otras capaces de convivir con la inteligencia artificial y la economía de la atención.

Esto exige una nueva alfabetización: científica, mediática, digital y algorítmica. Pero, sobre todo, requiere reconstruir la confianza en las instituciones que convierten información en conocimiento compartido.

Ahí reside la actualidad de Goya que nos invita a pensar el presente desde otra óptica: Esto ya pasó.

Los monstruos cambian de forma y surgen cuando las herramientas culturales dejan de ser suficientes para crear sentido. La Ilustración no eliminó la superstición; creó mecanismos para contenerla.

Ese es el desafío actual.

No pelear por sostener la Ilustración decimonónica, sino asumir su audacia y actualizarla: reconocer el cambio y construir nuevas herramientas e instituciones para sostener el pensamiento crítico frente a las formas contemporáneas de irracionalidad y superstición.

Una Ilustración 4.0

jv. 


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