
Ensayo publicado originalmente en la revista digital Flavorsophy
Hay objetos que parecen demasiado pequeños para contener una filosofía, como unos palitos de madera, un pinche o una hoja afilada de metal. Pero como todo objeto humano, producto de la técnica, tienen un alma.
Los palitos de madera tienen nombres específicos en sus culturas: se llaman kuàizi en chino, son largos y tienen puntas más anchas; en Japón se llaman hashi, son más cortos, suelen ser de madera o bambú lacado y terminan en una punta más fina. Por otro lado, los palillos coreanos (jeotgarak) se diferencian por ser casi siempre de metal y ser planos en lugar de redondos o cuadrados. En busca de simplificar el texto, los llamaremos “palitos”.
En Occidente, los cubiertos se denominan knife, fork y spoon en inglés; coltello, forchetta y cucchiaio en italiano; couteau, fourchette y cuillère en francés; y Messer, Gabel y Löffel en alemán.
Tanto en Occidente como en Oriente los utilizamos todos los días para llevar los alimentos a la boca y rara vez pensamos en ellos como tecnologías. Sin embargo, basta detenerse un momento para descubrir que ninguno de esos objetos existe de manera aislada. Cada uno pertenece a una historia de técnicas, materiales, formas de cocinar, maneras de organizar la comida, el ritual de comer y relaciones sociales.
Los palitos y los cubiertos occidentales no son simplemente dos instrumentos diferentes para resolver el mismo problema. Son soluciones técnicas que se desarrollaron dentro de sistemas culturales y materiales distintos. Los alimentos pueden ser preparados de una manera que favorezca el uso de palitos; otros pueden requerir cortar, pinchar o sostener con un tenedor. El utensilio, en definitiva, presupone una determinada relación con aquello que comemos.
La escena es trivial, pero contiene una pregunta filosófica enorme: ¿qué relación con el mundo está incorporada en nuestras técnicas?
Esa pregunta atraviesa buena parte de la obra del filósofo chino Yuk Hui. Su concepto de cosmotécnica parte precisamente de cuestionar la idea de que existe una única trayectoria universal de la técnica. La tecnología moderna suele presentarse como si fuera un lenguaje universal: una misma racionalidad técnica que simplemente se despliega de manera diferente en distintas sociedades. Hui propone mirar el problema de otra manera. Las técnicas se encuentran vinculadas con concepciones particulares del cosmos, de la naturaleza, del conocimiento y de los fines humanos.
Por eso, quizás los palitos y los cubiertos sean una buena puerta de entrada para pensar un problema mucho más grande. Porque si un objeto tan sencillo como el instrumento con el que comemos expresa una determinada relación con los alimentos, ¿qué relación con la naturaleza expresa la tecnología con la que producimos millones de toneladas de alimento?
Ahí comienza la verdadera pregunta de este ensayo.
La técnica nunca es solamente una herramienta
Desde Aristóteles, la techné puede entenderse como un saber hacer orientado a producir algo. No se trata simplemente de poseer una herramienta, sino de conocer cómo hacer que algo ocurra.
La agricultura es, en ese sentido, una de las grandes técnicas humanas. Cultivar significa intervenir deliberadamente sobre procesos naturales para obtener determinados resultados. Seleccionamos semillas, modificamos el suelo, administramos el agua, eliminamos determinadas especies, protegemos otras y organizamos los ciclos biológicos de acuerdo con nuestras necesidades.
Pero ninguna técnica es completamente neutral. Cuando una sociedad desarrolla una determinada manera de cultivar, también está construyendo una determinada manera de mirar el territorio. Decide qué considera útil, qué considera improductivo, qué debe ser protegido, qué puede ser transformado y qué puede ser descartado.
La agricultura industrial contemporánea lleva esta capacidad de intervención a una escala inédita. Un campo puede ser convertido en una superficie homogénea donde las diferencias son reducidas para facilitar la mecanización y maximizar determinados rendimientos. Una planta puede ser considerada fundamentalmente como una unidad de producción. Un insecto puede ser definido como una plaga. Una especie vegetal espontánea puede transformarse en maleza. El agua puede convertirse en un insumo. El suelo puede ser reducido a un soporte físico sobre el cual se aplican nutrientes. Ninguna de estas categorías es necesariamente falsa. Son categorías técnicas. Permiten medir, ordenar, intervenir y producir. Pero esa categorización también revela una determinada concepción de la naturaleza. La naturaleza aparece progresivamente como algo que puede ser conocido, descompuesto, administrado y transformado para alcanzar fines humanos.
Este es uno de los puntos donde la filosofía de la técnica se encuentra con la cuestión ambiental. El problema ecológico no consiste solamente en que determinadas máquinas contaminen demasiado o que determinados productos químicos sean dañinos. Puede existir una cuestión más profunda: la forma en que hemos diseñado nuestras técnicas puede contener una determinada idea acerca de qué es la naturaleza y cuál debe ser nuestra relación con ella.
Cuando el territorio se convierte en sistema productivo
Pensemos en un monocultivo. Desde determinada perspectiva, puede ser una extraordinaria solución técnica. Simplifica las operaciones, permite mecanizar, estandarizar procesos, organizar la logística y producir grandes volúmenes de un mismo producto. Pero para que un ecosistema pueda ser transformado en un monocultivo es necesario hacer desaparecer buena parte de su complejidad. La diversidad se convierte en una dificultad para el sistema.
La agricultura moderna ha conseguido enormes aumentos de productividad mediante una combinación extraordinaria de conocimiento científico, mejoramiento genético, fertilizantes, agroquímicos, maquinaria, riego, información satelital, biotecnología y logística. El problema no es negar esa capacidad técnica. El problema es preguntarnos qué estamos optimizando. Porque producir más no es necesariamente lo mismo que alimentar mejor.
El sistema alimentario global se encuentra hoy frente a una paradoja extraordinaria. Tenemos una capacidad técnica sin precedentes para producir alimentos y, al mismo tiempo, esa misma estructura productiva contribuye fuertemente a la degradación de la biosfera. La agricultura es uno de los principales motores de cambios en el uso del suelo, pérdida de biodiversidad, alteraciones de los ciclos del nitrógeno y fósforo, utilización de agua y emisiones de gases de efecto invernadero. Las investigaciones sobre límites planetarios muestran que los sistemas alimentarios se encuentran entre los principales factores detrás de varias de estas transgresiones.
Y, sin embargo, el problema no termina allí. La FAO estima que 645 millones de personas padecieron hambre durante 2025, mientras que alrededor de 2.700 millones de personas no pudieron acceder económicamente a una dieta saludable.
Tenemos una contradicción difícil de ignorar: un sistema diseñado para ser extraordinariamente eficiente en la producción de commodities agrícolas genera un planeta ecológicamente tensionado, llevado a sus límites biofísicos, que además no logra abastecer a cientos de millones de personas sin acceso a una alimentación suficiente. Algo parece estar mal diseñado.
De los alimentos a los commodities
Tal vez una de las transformaciones más importantes de la agricultura moderna haya sido convertir progresivamente los alimentos en mercancías intercambiables dentro de una infraestructura económica global.
La soja argentina permite observar esa transformación con claridad. Una semilla cultivada en las pampas puede formar parte de una cadena que atraviesa plantas de procesamiento, puertos, mercados financieros y océanos antes de convertirse en harina de soja, aceite o alimento para animales en otro continente.
El territorio donde crece ya no está conectado solamente con quienes viven alrededor de él. Está conectado con sistemas productivos situados a miles de kilómetros. Argentina produce soja; China es uno de los grandes centros mundiales de producción y consumo de proteína animal. La soja y, especialmente, la harina de soja forman parte de las cadenas globales de alimentación animal. El campo deja así de ser únicamente un ecosistema y se convierte en un nodo dentro de una infraestructura planetaria.
La pregunta no es si esta cadena es eficiente. Evidentemente lo es para determinados objetivos. La pregunta es: ¿eficiente para qué? ¿Para conservar el suelo? ¿Para mantener la biodiversidad? ¿Para garantizar una alimentación saludable? ¿Para construir resiliencia frente al cambio climático? ¿Para asegurar que las generaciones futuras puedan seguir produciendo alimentos?
Aquí aparece la diferencia entre productividad y finalidad: un sistema puede ser extraordinariamente eficiente respecto de sus propios indicadores y, al mismo tiempo, estar mal orientado respecto de los objetivos que debería cumplir (conservar el suelo, mantener la biodiversidad, garantizar una alimentación saludable o asegurar la resiliencia climática).
La tecnodiversidad
Es en este punto donde la propuesta de Yuk Hui adquiere una dimensión ambiental: hablar de tecnodiversidad no significa simplemente reconocer que existen muchas tecnologías. Significa aceptar que pueden existir diferentes maneras de organizar técnicamente nuestra relación con el mundo. Y eso es radicalmente diferente.
Si asumimos que existe una única trayectoria tecnológica —más mecanización, más escala, más control, más velocidad, más productividad—, entonces cualquier alternativa aparece como atraso, ineficiencia o nostalgia. Pero si aceptamos que existen múltiples formas de construir relaciones entre conocimiento, técnica, sociedad y naturaleza, la cuestión cambia. La pregunta deja de ser: ¿qué tecnología es más avanzada? y pasa a ser: ¿tecnología para avanzar hacia dónde?
Una agricultura tecnológicamente sofisticada no necesariamente tiene que ser una agricultura basada en la simplificación ecológica. Puede incorporar sensores, inteligencia artificial, biotecnología, modelos climáticos y robótica y, al mismo tiempo, trabajar con diversidad de cultivos, regeneración del suelo, conservación de ecosistemas y ciclos ecológicos.
La alternativa no consiste en elegir entre tecnología y naturaleza. Consiste en dejar de pensar que naturaleza y tecnología son necesariamente términos opuestos. La tecnodiversidad abre la posibilidad de imaginar múltiples futuros técnicos: algunos altamente industrializados, otros basados en sistemas locales y otros que combinen el conocimiento científico contemporáneo con saberes ecológicos acumulados durante generaciones.
Lo importante es que no exista una única respuesta tecnológica previamente definida.
Biodiversidad, tecnodiversidad y una nueva idea de progreso
Hay algo especialmente interesante en el vínculo que Hui establece entre biodiversidad y tecnodiversidad.
La biodiversidad describe la multiplicidad de formas de vida en convivencia. La tecnodiversidad permite pensar la multiplicidad de formas de organizar nuestra relación técnica con esas formas de vida.
Una sociedad que destruye biodiversidad mientras uniformiza sus sistemas técnicos puede estar perdiendo dos diversidades simultáneamente: la biológica y la cultural-técnica. Cuanto más homogéneo se vuelve el sistema productivo, más dependiente se vuelve de unas pocas especies, unas pocas variedades, unas pocas tecnologías, unos pocos proveedores y unas pocas cadenas logísticas.
La diversidad no es solamente un valor estético o moral. También es una infraestructura de resiliencia. Frente a un clima más inestable, mercados más volátiles y ecosistemas sometidos a presión, la homogeneización puede convertirse en una vulnerabilidad.
Por eso necesitamos revisar una idea profundamente instalada en nuestra cultura: que progreso significa necesariamente simplificación, control y escala. Tal vez el progreso del siglo XXI tenga que ser capaz de producir algo mucho más difícil: complejidad organizada.
No se trata de regresar al pasado. Se trata de utilizar nuestra extraordinaria capacidad científica y técnica para diseñar sistemas capaces de convivir con la complejidad ecológica en lugar de intentar eliminarla.
¿Qué mundo producimos cuando producimos alimentos?
La cuestión alimentaria, entonces, puede ser leída como una cuestión técnica, pero, como dijimos más arriba, incluye una cuestión filosófica y sociológica.
Cuando producimos alimentos no solo generamos nutrientes o commodities: producimos paisajes, relaciones económicas, formas de trabajo, biodiversidad (o su destrucción) y resiliencia. Y, finalmente, producimos una determinada relación entre la sociedad y la naturaleza.
Allí se encuentra la pregunta que nuestra civilización no puede seguir postergando: no necesitamos únicamente nuevas tecnologías para producir alimentos, sino preguntarnos qué significa producir alimentos.
Si el sistema alimentario degrada el suelo del que depende, reduce la diversidad biológica que lo sostiene, presiona los límites ecológicos del planeta y, al mismo tiempo, no consigue garantizar el acceso universal a una alimentación saludable, el problema no puede reducirse a que necesitamos producir un poco más. Necesitamos diseñar el sistema de otra manera.
Los palitos orientales y los cubiertos occidentales nos recuerdan algo elemental: una herramienta nunca es solamente una herramienta. Detrás de ella existe una historia, una forma de hacer, una relación con los materiales y una determinada manera de organizar la experiencia. Lo mismo ocurre con una cosechadora, una semilla, un fertilizante, un sistema de riego o un satélite.
Toda técnica contiene una idea de mundo. La gran pregunta del siglo XXI no será solamente qué podemos hacer con la tecnología, sino qué mundo queremos construir mediante ella. Y quizá el primer paso para transformar nuestro sistema alimentario sea volver a formular una pregunta que durante mucho tiempo pareció innecesaria: ¿para qué producimos alimentos?
La tecnología en sí no define el futuro; pero quienes diseñan la tecnología producen una visión del mundo. El sistema global de producción de alimentos debe correr la mirada de producir más hacia alimentar mejor.
jv.


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